dissabte, 1 d’agost de 2009

COMA


Me desperté con náuseas. Tenía el cuerpo entumecido. Sabía que tenía los ojos abiertos y que parpadeaba por mi agudo sentido de la vista, ya que me era imposible notar los párpados abriéndose y cerrándose.

Estaba como flotando. Intenté mover una mano, pero era como si ya no estuvieran ahí. Hice lo mismo con todas las articulaciones de mi cuerpo.

Pensé en que me había quedado paralizado, pero pronto me di cuenta de que lo que me estaba pasando era aún peor. Mientras pensaba en la posibilidad de que no podría mover ningún miembro de mi cuerpo, vi que algo se arrastraba por debajo de mis sábanas, como una serpiente. De pronto, apareció un brazo de las sábanas. Grité instintivamente, pero no estaba seguro de si mi boca se había abierto o no. Tardé poco en darme cuenta de que el brazo que acababa de salir de mis sábanas era mi propio brazo. Por alguna razón, podía moverlo, aunque yo no sintiera nada.

Al darme cuenta de que podía hablar, intenté llamar a alguien para que me ayudara, pero sólo salían gemidos descontrolados de mis muertos e inmóviles labios. Nadie respondió, ni tampoco oí ningún ruido que aclarara si había alguien más en la silenciosa casa.

Con mucha dificultad, conseguí hacer que mi cuerpo rodara por la cama y cayera al suelo. Al caer, se oyó el sonido de la cadera chocando con el suelo, pero yo, sin embargo, seguía teniendo la sensación de levitar. No entendía nada. Se me ocurrió que tal vez me estuviera recuperando de alguna operación que no recordaba, y mi cuerpo estuviera anestesiado. No, no era eso. Nadie lleva a un paciente anestesiado a su propia habitación y lo deja solo.

-Mrfffpfffgaa –gruñí. Ni siquiera podía maldecir mi suerte en voz alta.

Como había hecho por la cama antes, rodé por el suelo hasta ponerme boca abajo. Con los brazos, me iba arrastrando, recorriendo la casa. Mi cerebro parecía en perfecto estado, así que supuse que las acciones que éste enviaba al sistema nervioso se seguían cumpliendo, aunque hubiera perdido (no sabía si temporalmente o crónicamente) el sentido del tacto.

Pasé por delante de la habitación de mis padres. La cama estaba hecha, aunque llevaba una colcha blanca que yo nunca había visto. Las mesitas de noche estaban completamente vacías. Parecía que se hubieran ido de la casa hacía mucho tiempo.

La habitación de mi hermana estaba igual. El desorden habitual se veía ahora sustituido por una pulcritud casi inhumana, y unas sábanas impolutamente blancas llenaban de luz la normalmente oscura habitación.

Al llegar al comedor, todas las esperanzas de que aún quedara alguien en la casa se desvanecieron. Todos y cada uno de los muebles estaban cubiertos con sábanas blancas. Aunque no podía sentir ni uno de los gestos que hacía con la cara, sabía que estaba llorando. ¿Qué podía hacer? ¿Por qué me estaba pasando aquello a mí? Yo no era más que un cerebro condenado a convivir en un cuerpo muerto. No había peor tortura que la de ser consciente de la muerte de tu propio cuerpo. ¿Qué sería de mí, de mi conciencia? ¿Acabaría loco, o ya lo estaba?

Después de quince minutos intentándolo, conseguí ponerme de pie. El vértigo que sentí fue tal que mi cuerpo cayó de nuevo al suelo, haciendo mucho ruido. Volví a intentarlo. Ni siquiera me cansaba el esfuerzo, ni tampoco me dolía nada. Sólo me impacientaba cada vez más.

Cuando conseguí levantarme de nuevo, logré controlar el vértigo con mayor éxito. Incluso, pude dar un paso. Una vez dado el primer paso, seguir andando no era difícil.

Como un niño inconsciente que empieza a caminar, yo iba lentamente por el pasillo, tambaleándome. Miraba hacia arriba o recto. La sensación era tan extraña para mí que cada vez que miraba abajo me caía de la impresión.

Logré llegar a la puerta de la calle, incluso pude girar el pomo y abrirla. Los tres peldaños que conducían a la calle eran un obstáculo con el que no había contado. Dejé caer mi cuerpo y éste rodó por los escalones pesadamente. Volví a levantarme costosamente y eché a andar.

La calle a la que había salido no correspondía a la que yo recordaba. Estaba repleta de tiendas cerradas, y no había ni un solo coche aparcado. Me sentía muy triste y desgraciado. Por el rabillo del ojo vi como una gotita se escapaba de mi rostro y se precipitaba hacia el suelo con bastante velocidad.

Como sospechaba, estaba solo en el mundo, en mi mundo. No tenía sentido estar en la calle si nadie más estaba allí. No tenía sentido estar ahí de pie, si no podía sentir ni el frío ni el calor, ni siquiera podía saber si hacía viento.

Con resignación y melancolía, volví a entrar en casa. Ya no me hizo falta arrastrarme, y aunque andaba muy despacio, llegué a la cocina de nuevo. No sabía durante cuánto tiempo estaría yo en ese estado. Albergaba la esperanza de que, en cualquier momento, mi cuerpo recuperaría es tacto perdido, así que me puse a experimentar.

De un cajón de la cocina saqué un cuchillo. Cuando lo tuve bien sostenido con la mano derecha, lo miré con detenimiento y curiosidad. Tenerlo así cogido, aún sin sentirlo, era como hacer magia, como conocer los secretos de la telekinesia.

Sin dudarlo, me clavé el cuchillo en un brazo. No entendía cómo conseguía hacerlo, pero supuse que seguía conservando mi fuerza.

El brazo empezó a sangrar. No me sorprendió comprobar que no sentía dolor. Con el dorso de una mano, intenté acariciarme la mejilla, y tampoco noté el más mínimo contacto. Si no hay dolor, tampoco hay placer.
Me quedé quieto durante un buen rato, pensativo. Era curioso ver como mi cuerpo, aunque yo estuviera absorto en mis pensamientos, se mantenía inmóvil y en pie. Era como respirar, a nadie se le olvida cómo hacerlo.

“¿Cuánto tiempo viviré así? ¿Podré morir de hambre? ¿Y de sed? ¿Qué sentiría?” pensé para mis adentros. No podía estar más solo, y aunque el dolor físico era algo imposible para mí, no había nada que me causara más dolor.

Volví a mirar el cuchillo que no había dejado de sostener. Con lentitud, acerqué la afilada punta a mi corazón y mis manos, aferrándose a la empuñadora, hundieron la hoja hasta que penetró en mi cuerpo. Sólo el sonido de los tejidos resquebrajándose y mi respiración, más regular y automática que nunca, interrumpían el silencio de la cocina de aquella abandonada casa.

El cuchillo llegó al corazón, y noté como los oídos empezaban a pitarme. La sangre que emanaba de mi herida olía a hierro, y empezó a nublárseme la vista. Primero empecé a ver puntitos blancos que se iban extendiendo. Supuse que dejé de respirar, pero no había ni pizca de dolor en mi ser. Yo vivía el espectáculo con curiosidad.

Las motitas blancas que me cegaban y me impedían ver la cocina con claridad, empezaron a oscurecer lentamente, muy lentamente. Yo me iba lejos, cada vez más y más lejos. La muerte era mucho más placentera de lo que nunca hubiera imaginado, era como los dulces pensamientos que invaden tu mente antes de caer en un sueño profundo que te arrastra. La muerte me arrastraba hacia la tranquilidad, hacia el no sentir y el no pensar. Yo me dejé llevar.

2 INTENTOS:

  1. HALA! madre mía, mi cara en vilo mientras leía la historia lo dice todo.
    un beso:*

    ResponElimina

:)

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